LA RIOJA.– Lo que debería haber sido un fin de semana de conexión con la naturaleza terminó dejando una imagen incómoda y difícil de ignorar en el Parque Nacional Talampaya: un tendal de fauna silvestre muerta sobre la Ruta Nacional 76, atropellada en medio del intenso movimiento turístico por Semana Santa.
Durante los días del feriado largo, guardaparques registraron una cantidad alarmante de animales muertos, víctimas directas de la velocidad con la que muchos conductores atravesaron este corredor natural. Guanacos, zorros, maras, reptiles y aves —habitantes históricos del lugar— quedaron expuestos a una lógica vial que poco tiene que ver con un área protegida.
La ruta no es una autopista
El problema no es nuevo, pero cada temporada alta lo profundiza. La RN 76 atraviesa uno de los ecosistemas más valiosos del país, pero en la práctica muchos la utilizan como si fuera una vía rápida, ignorando señalización, límites de velocidad y advertencias constantes.
Desde el parque fueron claros: el riesgo no es solo para la fauna. Un animal cruzando la ruta a alta velocidad también puede provocar siniestros graves. Es decir, la imprudencia no solo destruye el entorno, también pone en juego vidas humanas.
Un choque de lógicas: turismo vs. conservación
Talampaya, reconocido como patrimonio natural, vive una tensión cada vez más evidente: el crecimiento del turismo, que dinamiza la economía regional, también multiplica los impactos negativos cuando no viene acompañado de conciencia.
El dato incómodo es este: el mismo visitante que llega a maravillarse con el paisaje puede convertirse, en cuestión de segundos, en el factor que lo deteriora.
La ecuación es simple pero parece no estar siendo comprendida: más tránsito sin control ni responsabilidad equivale a más daño ambiental.
Un llamado urgente que no puede seguir ignorándose
El mensaje de los guardaparques no tiene rodeos: bajar la velocidad, respetar la señalización y manejar atentos puede evitar una tragedia. Y no es una metáfora.
Dentro de un área protegida, el auto es el intruso. Los animales no “invaden” la ruta; la ruta invade su hábitat.
La escena que dejó esta Semana Santa obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: ¿de qué sirve promover el turismo en espacios naturales si no somos capaces de cuidarlos?
Porque si la postal final es fauna muerta al costado del camino, el problema no es la naturaleza. El problema es cómo la estamos transitando.



