Por Fernando Barrios – Director de Riojalandia
La política argentina, una vez más, se encuentra en pleno reacomodo. La renuncia de Guillermo Francos a la Jefatura de Gabinete y la reciente fuga de legisladores del PRO hacia La Libertad Avanza no solo alteraron el equilibrio interno del oficialismo: consolidaron a Martín Menem como un actor clave en la nueva arquitectura del poder.
El presidente de la Cámara de Diputados dejó de ser una figura institucional para convertirse en un engranaje central del proyecto mileísta. En silencio, y con una lealtad que no pasa por la exposición mediática, Menem se transformó en el intendente del Congreso, un gestor político que ordena, negocia y ejecuta la estrategia legislativa del gobierno libertario.
El nuevo tablero del Congreso
El movimiento de los siete diputados del PRO hacia el bloque de La Libertad Avanza fue el golpe más eficaz que Milei logró en su intento por “ordenar la tropa”. Detrás de esa operación estuvo la mano de Martín Menem, quien, con pragmatismo y olfato político, entendió que el verdadero poder no pasa por los discursos, sino por los votos que sostienen las leyes.
Esa nueva mayoría relativa otorga al oficialismo una posición de fuerza inédita desde su llegada al poder. Menem se convirtió en el rostro parlamentario de Milei, el ejecutor de la “letra chica” de las reformas, mientras Karina Milei y Lule Menem completan el trípode operativo del gobierno.
El “eje Milei-Menem” es, en los hechos, el núcleo político más estable del oficialismo. Martín articula con los bloques aliados, Lule maneja la territorialidad y Karina conserva la llave del acceso al Presidente. Una estructura vertical, cerrada y eficaz, donde la consigna no es debatir, sino ejecutar.
La salida de Guillermo Francos, el ministro del Interior que supo tender puentes con los gobernadores, deja un vacío de gestión política que Menem puede ocupar desde el Congreso. El riojano encarna, hoy, una versión pragmática del mileísmo: dialoga cuando conviene, presiona cuando debe y entiende que el equilibrio entre la doctrina libertaria y la realidad institucional es una cuerda fina.
El gobierno de Milei atraviesa una fase de consolidación política, y en ese proceso, Menem emerge como un actor con peso propio. Lo que antes era una figura simbólica, hoy se convierte en un operador estructural del poder libertario.

El factor riojano: un retorno familiar al poder
El ascenso nacional de Martín Menem no puede leerse sin su correlato provincial. En La Rioja, su primo Eduardo “Lule” Menem se mueve con precisión quirúrgica para construir territorialidad libertaria, desafiando al peronismo de Ricardo Quintela.
Lo que se juega en esa provincia va más allá de una disputa partidaria: es la reedición de una vieja historia de poder. La familia Menem —que ya gobernó La Rioja y el país— busca volver, esta vez bajo un nuevo paraguas ideológico.
El modelo libertario que encarna Martín se presenta como el reverso del modelo quintelista: donde el peronismo riojano defiende el gasto público y la asistencia estatal, Menem propone recorte, eficiencia y protagonismo individual. Dos formas opuestas de entender el desarrollo, el Estado y la política.
Un cierre que es un principio
El poder, en la Argentina, siempre encuentra nuevos equilibrios. Hoy, mientras Milei redefine su estrategia y busca oxígeno político, Martín Menem se consolida como el hombre de la transición.
Su figura crece en el Congreso, pero también en el tablero nacional. Y si algo enseña la historia política argentina, es que el poder real muchas veces no reside en la Casa Rosada, sino en quienes saben leer el pulso del sistema.
Menem lo entendió. Y en ese entendimiento, La Libertad Avanza deja de ser solo una fuerza disruptiva para convertirse —por primera vez— en una estructura de poder estable.



