El debate por la soberanía de Malvinas terminó convertido en un bochornoso espectáculo. Juan Grabois volvió a protagonizar un cruce cargado de insultos, provocaciones y empujones. Y, otra vez, aparece una pregunta incómoda: ¿qué habría ocurrido si el protagonista hubiera sido un dirigente de otro espacio político?
El debate sobre la Defensa de la Soberanía de Malvinas en la Cámara de Diputados comenzó este miércoles con un clima que poco tuvo que ver con la seriedad que merece una cuestión tan sensible para la Argentina.
Insultos, provocaciones, empujones y gritos terminaron desplazando la discusión de fondo.
El episodio tuvo como protagonista central a Juan Grabois, quien se levantó de su banca durante la intervención de la diputada Myriam Bregman y fue a increpar al legislador santacruceño Jairo Guzmán, de La Libertad Avanza.
El cruce terminó en un forcejeo y posteriormente Grabois descargó una catarata de insultos contra integrantes del oficialismo.
“Manga de chorros, sorete de mierda, vende patria”, se escuchó durante el escándalo.
Más tarde, volvió a dirigirse a la bancada libertaria: “Cierren el orto y dejen hablar a los demás”.
El problema no es que Grabois tenga una posición política distinta. En democracia, tiene todo el derecho a defenderla.
El problema es cómo la defiende.
Porque una cosa es la vehemencia política y otra muy distinta es convertir un debate parlamentario en una escena de agresión personal, provocación y patoterismo verbal.
¿Y EL FEMINISMO? ¿DÓNDE ESTÁ CUANDO EL AGRESOR ES DEL BANDO CORRECTO?
Hay otra cuestión que resulta imposible ignorar.
Durante años, determinados sectores políticos y mediáticos construyeron un discurso basado en la defensa de las mujeres, el rechazo a la violencia y la condena de cualquier conducta intimidatoria.
Pero cuando el protagonista de una escena polémica pertenece al espacio político que simpatiza con esos sectores, el volumen de la indignación parece bajar considerablemente.
Incluso hubo voces públicas que salieron a respaldar a Grabois. La periodista Julia Mengolini, por ejemplo, manifestó su apoyo al dirigente social.
Y acá aparece una contradicción que merece ser señalada.
Si los malos tratos, las agresiones y las formas violentas están mal, deberían estar mal siempre.
No puede existir una vara para el adversario político y otra para el compañero de militancia.
La defensa de las mujeres no puede transformarse en una herramienta selectiva que se activa solamente cuando conviene políticamente.
GRABOIS Y EL «TODO VALE»
Grabois suele presentarse como un dirigente que habla en nombre de los trabajadores, los pobres y los sectores más vulnerables.
Pero una cosa es defender una causa social y otra es creer que esa representación otorga licencia para atropellar a los demás.
La política necesita discusión, confrontación e incluso fuertes diferencias. Lo que no necesita es prepotencia como método.
Y mucho menos en el Congreso de la Nación.
También resulta llamativo el contraste entre el discurso de superioridad moral que suele exhibir una parte del kirchnerismo y determinadas conductas de sus dirigentes.
Durante años se habló de republicanismo, derechos, tolerancia y democracia. Sin embargo, cuando toca discutir con el adversario, aparecen el insulto, la descalificación y la agresión.
EL PROBLEMA DE LA DOBLE MORAL
Grabois puede cuestionar a Milei. Puede criticar a la Corte. Puede rechazar un proyecto. Puede defender su interpretación de la soberanía argentina.
Todo eso forma parte de la democracia.
Lo que no debería ser aceptable es que el volumen de la voz pretenda reemplazar la fuerza de los argumentos.
Y tampoco alcanza con envolverse en la bandera argentina para quedar automáticamente del lado correcto de la historia.
La soberanía de Malvinas merece algo bastante más serio que un Congreso convertido en ring.
Y si quienes se presentan como defensores de los sectores populares quieren recuperar credibilidad, deberían empezar por entender algo elemental:
tener una causa no convierte automáticamente en correctas todas las formas utilizadas para defenderla.
El país necesita dirigentes capaces de discutir sin empujarse, sin insultarse y sin comportarse como si el Parlamento fuera una cancha de fútbol.
Porque cuando la política pierde el decoro, pierde también una parte de la autoridad moral que pretende ejercer sobre la sociedad.
Y una última pregunta queda flotando:
¿Cuántos de los que hoy justifican los gritos y los empujones de Grabois los justificarían si el protagonista hubiera sido un libertario?
La respuesta, probablemente, dice bastante más de nuestra política que el propio escándalo.
FERNANDO BARRIOS – RIOJALANDIA





