La Iglesia riojana, el poder político y una frontera cada vez más difusa
El Tinkunaco 2026 no fue solo una ceremonia religiosa: fue un acto político en toda regla. Desde el altar mayor, el obispo Dante Braida volvió a ocupar un rol que en La Rioja ya no sorprende, pero sí genera preguntas incómodas: el de actor central en la disputa de poder provincial, con un discurso que tensiona al gobierno nacional mientras acompaña —con matices— al oficialismo local.
La pregunta empieza a circular con fuerza en los pasillos políticos y también en la calle: ¿por qué la Iglesia riojana aparece sistemáticamente alineada con el quintelismo cuando se trata de fondos, modelo de provincia y relación con Nación?
El reclamo a Milei y el guiño a la Provincia
Braida fue explícito al cuestionar el ajuste impulsado por Javier Milei y exigir la restitución de fondos compensatorios que La Rioja reclama históricamente. El mensaje fue claro: sin recursos nacionales, la provincia se asfixia. Hasta ahí, nada nuevo.
Lo llamativo es el peso político del respaldo. No se trata de un reclamo social más, sino de la voz institucional más influyente de la provincia avalando la postura del Ejecutivo riojano frente a la Casa Rosada. En los hechos, la Iglesia funciona como amplificador del discurso provincial en su pulseada con Nación.
Si bien el obispo pidió “transparencia” en el manejo de los recursos locales, el énfasis estuvo puesto en el reclamo hacia afuera, no en una auditoría concreta hacia adentro. La advertencia ética quedó en el plano declamativo, mientras el respaldo político fue tangible.
Iglesia y poder: una relación histórica que no se corta
La cercanía entre la Iglesia riojana y el poder político no es nueva. Desde Angelelli hasta hoy, el clero local ocupa un lugar central en la vida pública. Pero en el presente, esa relación parece haber mutado: ya no se limita a lo pastoral o social, sino que incide directamente en la agenda política y económica.
Braida no habla desde la marginalidad ni desde la oposición: lo hace frente a funcionarios provinciales, en actos oficiales, con un mensaje calibrado para no romper el vínculo con el poder local. Esa cercanía plantea interrogantes legítimos sobre la autonomía institucional de la Iglesia frente al gobierno provincial.
Intereses, territorio y caja social
La Iglesia administra una extensa red de parroquias, organizaciones sociales y espacios educativos que dependen, en gran parte, del sostén estatal. En una provincia con alta dependencia de fondos públicos, la estabilidad de esa estructura también está atada a la caja provincial.
Aquí aparece una clave incómoda: el reclamo de fondos a Nación no es solo político, también es funcional a un entramado social donde la Iglesia cumple un rol de contención que el Estado no siempre logra cubrir. Defender los recursos es, también, defender su propio margen de acción.
Valores conservadores y agenda selectiva
Mientras Braida desafía el ajuste económico, sostiene una postura inflexible en temas como el aborto, al que volvió a calificar como “un verdadero crimen”. La Iglesia interviene en la discusión económica con pragmatismo, pero en lo cultural se mantiene rígida, incluso a contramano de consensos democráticos ya saldados por ley.
Esa combinación —progresismo fiscal y conservadurismo moral— dialoga sin fricciones con el peronismo provincial, que evita confrontar con la Iglesia en temas sensibles y encuentra en ella un aliado estratégico para sostener legitimidad social.
Minería, agua y licencia social
El mensaje ambiental tampoco es ingenuo. Al condicionar proyectos mineros a la “licencia social”, la Iglesia se posiciona como actor de veto en decisiones estratégicas para la provincia. No gobierna, pero influye. No legisla, pero condiciona.
En una Rioja donde el agua es poder, la palabra del obispo pesa tanto como la de cualquier ministro.
Una frontera cada vez más borrosa
La Iglesia riojana ya no se limita a opinar: interviene, ordena el debate y marca límites. La pregunta no es si puede hacerlo —tiene derecho—, sino si esa intervención mantiene una distancia saludable del poder político o si se ha convertido en parte del mismo engranaje.
Braida pide diálogo, recursos y consensos. Pero cuanto más se acerca al centro del poder, más se diluye la frontera entre fe, política y gestión. Y cuando esa frontera se borra, la pregunta deja de ser religiosa y pasa a ser democrática.



