Por la redacción de Riojalandia
Este lunes, el gobernador Ricardo Quintela inauguró con bombos y platillos el imponente monumento en homenaje a Rosario Vera Peñaloza, la Maestra de la Patria. La obra, de 13 metros de altura, se erige en el Parque de la Familia y se presenta como el más grande del país en tributo a una mujer. El acto, cargado de discursos emotivos y citas a los valores de la educación, fue acompañado por un despliegue institucional que no escatimó en recursos ni en elogios.
Pero mientras el gobernador se golpea el pecho citando a Vera Peñaloza y habla de amor, compromiso y tiza, las maestras riojanas de carne y hueso —las que educan hoy, bajo su gobierno— siguen cobrando sueldos miserables, son ignoradas en sus reclamos y, lo que es aún más grave, fueron tildadas públicamente de “vagas de mierda” por el propio Quintela durante un reclamo docente.
Esa misma administración que ahora pretende enarbolar la bandera de la educación pública es la que niega aumentos salariales a docentes, médicos, trabajadores de la cultura y de todos los sectores del Estado, mientras reparte bonos en negro de 30 mil pesos que no se incorporan al básico ni generan derechos jubilatorios. Una política de parches, de silencio ante el conflicto y de castigo a quienes alzan la voz.
El contraste no puede ser más evidente: un monumento millonario para honrar a una educadora histórica, mientras las educadoras actuales son ninguneadas, precarizadas y humilladas. Rosario Vera Peñaloza merece, sin dudas, el homenaje. Lo que no merece es ser utilizada como herramienta de propaganda por un gobierno que no honra su legado en la práctica.
Es un síntoma claro de la doble moral que rige en la Casa de las Tejas: decir una cosa frente a las cámaras y hacer otra muy distinta en la gestión diaria. Así, la figura de Rosario Vera Peñaloza se convierte en escudo político mientras los verdaderos problemas de la educación —infraestructura, salarios dignos, estabilidad— quedan fuera de la agenda real.
Educar no es levantar estatuas. Es garantizar condiciones dignas para enseñar.
Y en La Rioja de Quintela, los símbolos pesan más que las soluciones.




