miércoles, noviembre 4, 2026
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El callejón sin salida del caudillismo de Quintela

Toda tiranía provinciana tiene fecha de vencimiento. Lo que hoy agoniza en La Rioja no es simplemente una gestión de gobierno mediocre: es el colapso terminal de una dinastía feudal que confundió el patrimonio de una provincia con su billetera privada, la dignidad de su gente con sumisión clientelar y el poder público con impunidad vitalicia. El último mandato de Ricardo Quintela pasará a los anales de la historia riojana como el monumento definitivo al fracaso del populismo extractivo.

Durante años, el libreto del quintelismo fue una copia servil del manual castrochavista. En La Habana y en Caracas, el régimen destruyó la moneda, persiguió al sector productivo, condenó a médicos y docentes a la miseria y culpó al «imperio» de su propia bancarrota mientras la cúpula gobernante engordaba entre privilegios. En La Rioja, el libreto fue idéntico, pero a escala de bolsillo: la culpa siempre la tuvo «la Nación», el «centralismo porteño» o el presidente de turno, mientras en la provincia se ejecutaba el vaciamiento más feroz que se recuerde.

Los números no mienten y el dolor social tampoco. La Rioja ostenta hoy los sueldos más paupérrimos de la República Argentina. Docentes, policías, enfermeros y empleados públicos reducidos a la indigencia por un Estado que los precariza sin piedad y que, cuando no le alcanzó la plata que dilapidó en propaganda y estructuras parásitas, tuvo el tupé de estafarlos en la cara imprimiendo papelitos pintados: los repudiados «Chachos». Una cuasimoneda sin respaldo que los comerciantes rechazan, que los almaceneros descuentan y que sintetiza la estafa monetaria del socialismo feudal: trabajar en blanco para cobrar en billetes de monopoly.

¿Dónde está el empleo genuino en La Rioja? No existe. Fue aniquilado deliberadamente para mantener a la población de rodillas. La Rioja tiene el grotesco récord de sostener más cargos públicos que toda la plantilla mundial del gigante tecnológico NVIDIA. 36 mil almas rehenes de un recibo de sueldo miserable, obligadas a aplaudir en caravanas oficiales para no perder el contrato del mes. Y mientras las provincias vecinas —Catamarca, San Juan, Salta y Mendoza— abrazan el RIGI, captan miles de millones de dólares en litio y cobre y generan empleo privado de primer mundo, Quintela le dio un portazo ideológico a la inversión productiva. Declaró al litio «recurso estratégico» de su burocracia, amenazó con expropiar empresas privadas y condenó a los Llanos y a la cordillera al atraso absoluto. La autarquía del señor feudal que prefiere que su pueblo muera de hambre antes que permitir que un inversor privado genere riqueza sin pedirle permiso.

A este descalabro productivo se suma la temeridad institucional. La pelea caprichosa, infantil y desquiciada de Quintela contra Javier Milei no fue una gesta federal: fue una rabieta de cartelera para intentar posicionarse en la interna descompuesta del peronismo nacional a costa del sacrificio de los riojanos. El resultado de su soberbia está a la vista: una provincia en default financiero internacional por no pagar sus deudas, demandada en los tribunales y con la Corte Suprema de Justicia de la Nación abriéndole juicio directo por congelar tarifas eléctricas de manera demagógica mientras la empresa estatal EDELaR se quedaba con la plata de CAMMESA. El Estado riojano convertido en un deudor serial y forajido del derecho comercial.

Pero la fibra más lacerante, la que hierve en la sangre de cada riojano de bien, es la grosera asimetría moral. Mientras el pueblo sobrevive con lo poco que cobra, el entorno del gobernador no para de florecer. Es el secreto a voces que recorre cada rincón de la provincia: funcionarios que entraron a la función pública en alpargatas y hoy ostentan camionetas de alta gama, mansiones amuralladas, estancias, hoteles y empresas testaferras. El contraste es repugnante: contrataciones millonarias en catering oficial para banquetes en la Residencia del Gobernador mientras los hospitales carecen de gasas y hay trescientos enfermeros trabajando en negro. Es la réplica exacta de la nomenclatura soviética y la boliburguesía venezolana: socialismo para el pueblo sometido, capitalismo de jeques para la casta gobernante.

Sin embargo, el miedo ya cambió de bando. El episodio de Olta, donde una vecina común y corriente le gritó las verdades en la cara al gobernador desafiando su custodia, fue la grieta definitiva en el muro del silencio. El pueblo riojano no quiere más bonos devaluados, no quiere más patoterismo sindical ni relatos de resistencia vacíos. Quiere libertad, quiere trabajar, quiere cobrar en moneda sana y quiere mandar a la carcel a una dirigencia que lo empobreció hasta los huesos.

Se apagan las luces del feudalismo del norte. Las cuasimonedas se evaporan, la Justicia cerca a los responsables del desfalco y las urnas aguardan el veredicto popular. El caudillismo que gobernó a La Rioja como si fuera su estancia privada ha llegado a su estación final. Podrán atrincherarse en decretos, inventar leyes de lemas o refugiarse en la liturgia del poder, pero la sentencia moral ya está dictada en la calle: el feudo ha terminado, y el despertar de La Rioja hacia la libertad ya es imparable.

POR FERNANDO BARRIOS.

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