Pese a que la coparticipación federal creció un 7,8% real en octubre, el quintelismo congela salarios, asfixia a los 18 municipios y purga a sus propios socios fundacionales para pagar afiches en el Obelisco y cumbres con Kicillof, Máximo Kirchner y Massa.
El modelo estatista y prebendario que gobierna La Rioja atraviesa su fase de descomposición más cruda. Mientras los riojanos sufren el deterioro de los servicios básicos y salarios licuados, el aparato del Partido Justicialista implosiona por una guerra de cajas, traiciones internas y el abandono total de la gestión local por parte de un Ricardo Quintela obsesionado con su proyección nacional junto al kirchnerismo y la izquierda populista.
El detonante político de las últimas horas fue la eyección silenciosa de Ariel Puy Soria del Ministerio de Vivienda, Tierras y Hábitat Social. Aunque los partes oficiales intentaron disfrazar su salida como una «licencia por motivos familiares» para entregarle la botonera y la firma al secretario Diego Rivero, dentro del propio oficialismo la maniobra se leyó como una purga. Puy Soria fue el articulador clave que en el invierno de 2019 destrabó el aval de Sergio Casas para que Quintela llegara a la Casa de las Tejas tras dos derrotas previas. Esta limpieza de gabinete se suma al congelamiento del jefe de Gabinete, Juan Luna Corzo, y al desplazamiento proyectado de Ricardo Herrera en la Secretaría General de la Gobernación para ubicar a Luz Santángelo Carrizo —dejando a Ariel Allende en Comunicación—.
Sin embargo, el verdadero escándalo no es la pelea de cargos entre la casta política, sino el destino del dinero de los contribuyentes. Aunque la coparticipación federal creció un 7,8% real en octubre, el Ministerio de Hacienda conducido por Fabián Blanco cerró el grifo a las 18 intendencias y descartó aumentos salariales antes de fin de año. Los jefes comunales advierten puertas adentro que tienen las cajas secas hasta para insumos básicos, y referentes como Marcelo del Moral ya admiten que deberán hacer campaña «sin chequera y a puro jarabe de pico».
¿Adónde va la plata que no llega a los municipios ni al bolsillo del trabajador riojano? Directo a financiar la estructura de Federales | Provincias Unidas, empapelar la Ciudad de Buenos Aires con afiches de Quintela empuñando el bastón presidencial, costear recorridas por las villas porteñas Zavaleta y Soldati, y pagar cumbres políticas en la Casa de La Pampa junto a Axel Kicillof, Máximo Kirchner y Sergio Massa.
El descontrol administrativo es tal que hasta en los propios pasillos oficiales reconocen la parálisis absoluta del Ejecutivo provincial:
«No hay conducción, nadie sabe a dónde va el barco; Quintela sólo piensa en Buenos Aires y el gobierno provincial quedó a la suerte de Dios».
Con carteras productivas transformadas en búnkeres electorales —como el ministerio de Ernesto «Harry» Pérez apuntando a la intendencia capitalina frente a Armando Molina—, más de 50 precandidatos peleando por conservar privilegios, la CGT denunciando que a los gremios los tratan «como al perro de la familia» y dirigentes como Diego Narváez admitiendo que los funcionarios suben los vidrios polarizados para no dar la cara, el quintelismo demuestra una vez más que para el populismo el Estado no es un servidor del ciudadano, sino el botín privado de una facción en retirada.





