El municipio de La Rioja, bajo la conducción de Armando Molina, decidió avanzar con los polémicos carriles exclusivos sin consultar a nadie, pisoteando al comercio local y a los vecinos. Lo que debería ser una política de tránsito terminó siendo un nuevo golpe contra la economía riojana, ya de por sí devastada por la inflación y la falta de ventas.
El director del Centro Comercial e Industrial, Juan Keulyan, fue contundente:
“Se hacen las cosas sin pensar y perjudican al comercio. Estamos con un problema serio: no venden, y todavía encima les ponen más trabas”.
La medida, que reduce los espacios de estacionamiento y complica la circulación, demuestra el desconocimiento y la soberbia del municipio. Para colmo, se exige a los comerciantes realizar la carga y descarga de mercadería entre la medianoche y las seis de la mañana, algo tan absurdo como impracticable.
Lo más grave es que no existe un marco legal que respalde esta decisión: Molina impone reglas por decreto y sin diálogo, como si la ciudad fuera su feudo personal.
Los comerciantes advierten que irán a la Justicia y buscarán apoyo en el Concejo Deliberante para frenar lo que consideran un atropello. Porque, mientras los vecinos luchan por sostener sus negocios y conservar puestos de trabajo, el intendente parece más preocupado en jugar a ser urbanista de fantasía que en gobernar con seriedad.
La Rioja no necesita más improvisaciones ni caprichos políticos. Necesita un municipio que acompañe a los comerciantes, no que los hunda con medidas inviables.
Con esta decisión, Molina no solo ataca al comercio: ataca al trabajo y a la economía riojana.




