El relato oficial del gobierno de Ricardo Quintela ya roza el absurdo: “no hay plata” para aumentos salariales, “no hay plata” para obras, “no hay plata” para recomponer servicios básicos.
Pero, mágicamente, sí aparece un bolsón gigantesco de fondos para montar la Chaya 2026 más cara de la historia, con cachets nacionales que rozan los 600 millones de pesos, sin contar viáticos, traslados, hospedaje, sonido y el operativo logístico, que suman entre un 20% y 30% extra.
Y esto es solo por los artistas nacionales.
A esa montaña de dinero hay que agregarle artistas locales, publicidad, puesta técnica, seguridad, producción, transmisión y el habitual gasto invisible que nunca se publica.
La pregunta es obvia y la respuesta incómoda:
¿Cómo puede un gobierno que se declara pobre gastar cifras millonarias en un festival mientras abandona las necesidades más básicas?
El doble discurso como política de Estado
El quintelismo repite, casi como un mantra, que La Rioja está “asfixiada”, “sin recursos”, “castigada por Nación”.
Sin embargo, en paralelo, autoriza un festival cuyo presupuesto total podría oscilar entre 800 y 1.000 millones de pesos.
Un número obsceno frente a la realidad provincial:
– Barrios enteros con falta de agua en pleno verano.
– Obras provinciales frenadas o directamente inexistentes.
– Empleados públicos que no ven un aumento real hace meses.
– Hospitales y centros de salud que funcionan al límite.
– Un interior provincial donde la infraestructura básica se cae a pedazos.
Pero para los escenarios, luces y grandes figuras del espectáculo, el dinero fluye con una generosidad que ninguna área esencial conoce.

Un festival que prioriza el show por encima de los servicios básicos
Contratar artistas top del país puede ser atractivo culturalmente, sí. Pero en un contexto donde el propio gobierno afirma que “no hay un peso”, la decisión deja de ser cultural y pasa a ser directamente política.
Porque gastar cientos de millones en una semana de show mientras el pueblo carga bidones de agua no es un error de gestión:
es una provocación.
No hay propaganda, cántico festivalero ni hashtag oficial que pueda maquillar esa contradicción.
El festival como anestesia
Dentro del quintelismo, el festival no es solo un evento cultural: es un instrumento de contención política.
Una forma de “mostrar alegría”, generar titulares positivos y oxigenar la imagen del gobierno en un período de desgaste profundo.
Pero esa alegría cuesta. Y la pagan los de siempre:
los que siguen sin agua, sin aumentos y sin obras.
La Chaya se convierte así en un lujo que la provincia no puede permitirse, pero que el gobierno insiste en bancar para sostener su narrativa.
Una provincia que merece prioridades reales, no una vidriera millonaria
Mientras el gobierno provincial le exige austeridad a todos menos a sí mismo, la contradicción se vuelve cada vez más grotesca.
Porque si La Rioja fuera realmente la provincia “pobre” que el relato oficial describe, gastar semejante fortuna en un festival sería irresponsable.
Y si La Rioja puede gastar esa fortuna… entonces el discurso de la pobreza es una mentira política.
En ambos casos, el problema es el mismo:
el gobierno perdió la brújula de la realidad.
La Chaya siempre fue parte de la identidad riojana.
Pero convertirla en un monumento al despilfarro mientras la provincia transita una crisis profunda no es cultura: es cinismo.
Y el pueblo lo sabe.
Porque la música se apaga después de tres noches.
Pero los problemas siguen todos los días.



