El intendente de la ciudad de La Rioja pidió la renuncia de todos sus funcionarios en busca de un “relanzamiento” que, en los hechos, expone el desgaste de su gestión.
La política riojalandesa atraviesa un nuevo capítulo de incertidumbre. El intendente capitalino, Armando Molina, decidió pedir la renuncia a la totalidad de su gabinete, en una jugada que busca mostrar control y renovación, pero que, puertas adentro, refleja tensiones, falta de resultados y desgaste político.
La medida fue anunciada por el propio jefe comunal en redes sociales, enmarcándola en la idea de “un análisis integral de la gestión”. Todos los secretarios y funcionarios municipales presentaron sus dimisiones, a la espera de que Molina decida quiénes continuarán y quiénes quedarán afuera.
Una purga previsible
Fuentes cercanas al municipio aseguran que la decisión no sorprendió a nadie: el intendente venía analizando hace semanas el desempeño de cada área y acumulando críticas internas por la falta de respuestas en temas centrales como servicios públicos, obras paralizadas, seguridad urbana y políticas sociales.
En un contexto de crisis económica creciente, reclamos vecinales por el deterioro de los barrios y falta de transparencia en el manejo de fondos, Molina optó por un “reset político” que busca recomponer imagen y airear su gestión. Sin embargo, la medida también puede ser leída como un reconocimiento implícito de que su equipo no estuvo a la altura de las demandas ciudadanas.
Lo que viene
Por ahora no hay nombres confirmados para el nuevo gabinete. El rearmado podría conocerse en los próximos días, aunque se anticipa que el intendente intentará mantener un delicado equilibrio entre la lealtad política y la necesidad de mostrar capacidad de gestión real.
Un espejo de la provincia
Lo ocurrido en la capital no es un hecho aislado: otros intendentes riojanos ya realizaron cambios de gabinete en los últimos meses, en un escenario de desgaste generalizado de la dirigencia provincial, atravesada por la crisis económica, la caída de recursos y la creciente presión social.
Conclusión
La jugada de Molina es audaz en lo simbólico, pero riesgosa en lo práctico. Mientras los vecinos reclaman soluciones urgentes y palpables, la política riojalandesa parece concentrada en maniobras internas y en “sacudir la estantería” para ganar tiempo. El problema es que el tiempo corre y la paciencia social se agota.
por FERNANDO BARRIOS- RIOJALANDIA



