El reparto automático de los Aportes del Tesoro Nacional (ATN), establecido por la nueva ley sancionada en el Congreso, volverá a inyectar fondos frescos en las arcas riojanas. Según un informe del economista Nadín Argañaraz, La Rioja recibirá $11.517 millones, el equivalente al 0,0013% del PBI, como parte de los $980.000 millones que se distribuirán entre todas las jurisdicciones.
El cambio legislativo elimina la discrecionalidad en el reparto, que en años anteriores dejaba a los gobernadores dependiendo de la negociación política para acceder a estos recursos. Sin embargo, en el caso riojano, el anuncio revela más una vulnerabilidad estructural que una ventaja: la provincia vuelve a figurar entre las más dependientes de los giros nacionales, confirmando que su economía sigue sin capacidad de autosustentarse.

Mientras Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe aprovechan su mayor dinamismo económico y productivo para complementar los fondos federales, en La Rioja la llegada de $11 mil millones se transforma en oxígeno imprescindible para pagar sueldos y sostener el gigantesco aparato estatal. En lugar de destinarse a proyectos productivos o a infraestructura estratégica, el dinero termina atrapado en la lógica clientelar y en el gasto corriente.
El quintelismo intentará presentar esta asignación como una conquista política, pero lo cierto es que se trata de otro salvataje automático que expone la incapacidad de generar recursos propios. En un contexto donde el 86% de los ingresos provinciales ya dependen de la Nación, la nueva remesa de ATN no hace más que reforzar un modelo agotado: una provincia que vive del auxilio externo y un gobierno que administra transferencias sin transformar la realidad productiva riojana.
Una vez más, La Rioja aparece en la foto nacional no por su crecimiento ni por su potencial económico, sino por su dependencia crónica. Y esa es una marca indeleble de la gestión Quintela.



