Por primera vez en mucho tiempo, el peronismo riojano se mira al espejo sin poder reconocerse. El golpe electoral del 26 de octubre no solo dejó números fríos y derrotas en distritos históricamente justicialistas; dejó algo más profundo: una crisis de identidad. Y los primeros en advertirlo no fueron los opositores, sino los propios.
Desde el corazón del sindicalismo, el secretario de la UOCRA, Sebastián Di Fiori, encendió la mecha de un debate que venía gestándose en voz baja: la necesidad de un nuevo peronismo, despojado de los sellos y estructuras que el tiempo convirtió en lastre. Su frase fue tan simple como disruptiva: “Debemos olvidarnos del kirchnerismo, de La Cámpora y buscar caras nuevas”.
Di Fiori no habla desde la tribuna, sino desde el barro: el del obrero que ve cómo la política se aleja del trabajo real, de la obra, del solazo y del sueldo que no alcanza. Y en esa sinceridad sindical hay un diagnóstico más lúcido que mil encuestas: el pueblo trabajador se cansó de los slogans y exige autenticidad.
El mensaje del gremialista también tiene un trasfondo económico y social. La reforma laboral que impulsa el gobierno libertario amenaza con desarticular derechos conquistados, y la respuesta del sindicalismo ya no puede limitarse a la defensa cerrada del pasado. Hay una autocrítica que empieza a aflorar: el movimiento obrero deberá modernizar su discurso sin abandonar su esencia.
Mientras tanto, desde el interior profundo, una voz joven se suma a la sintonía del cambio. Belén Mora, flamante diputada electa por el departamento Juan Facundo Quiroga, celebró su triunfo con un mensaje que resonó fuerte: “La gente necesita un cambio, y con respeto digo que Mauro Luján ya se jubiló de la política.”
En una frase, Mora condensó lo que muchos piensan y pocos se animan a decir: el ciclo de los históricos se agotó. Su victoria no solo fue política, fue simbólica. La primera mujer legisladora de su departamento encarna la renovación que gran parte del electorado viene reclamando, sobre todo en los pueblos donde la política suele repetirse como una vieja novela.
La coincidencia entre Di Fiori y Mora no es casualidad. Es el reflejo de un nuevo clivaje dentro del peronismo riojano: entre quienes quieren seguir justificando derrotas y quienes entienden que el futuro no se construye mirando el retrovisor.
El voto castigo no fue solo ideológico, fue generacional. No solo dijo “no” al peronismo clásico, también gritó “basta” a las estructuras que se volvieron impermeables al cambio. El pueblo riojano habló, y lo hizo con la contundencia de quien ya no quiere relatos, sino resultados.
El desafío ahora es enorme: ¿podrá el peronismo reinventarse sin perder su alma popular? ¿Podrá construir una nueva narrativa sin anclarse en nombres propios?
El sindicalismo y el interior parecen haber dado el primer paso. Tal vez el nuevo peronismo que pide La Rioja no sea uno de consignas, sino de coherencia. Menos verticalismo, más escucha. Menos marketing, más territorio. Menos culto a la figura, más respeto al trabajo.
Porque si algo quedó claro en las urnas, es que el pueblo riojano ya no vota por lealtad: vota por esperanza.



